A love letter to my Nina shoes

I can see them shine through the closet dreaming of going out again. Their deep red color begs me to walk away. I wonder if they think I have forgotten them or got bored with them. That I have gone for a newer and better model.

How could my foot armor take a break after so many battles won? How to do it after leaving their soles marked in bars and in every corner of the city? How to do it after so many busy streets, getting into the mud, and getting out gracefully? Sometimes we even ran together and they became a second skin, smooth and firm, able to avoid any pain or fall. When we returned, I groomed them carefully and regained their vigor to imagine new routes together.

I laugh at the thought of how everyone looked at them, no one could escape their charm. Their quick glance down to see them better, to admire them. But there they were always, at my feet. Gently taking me anywhere, without hurting me, passing on me the energy of their red color.

The white line of their heels moved to the ground, leaving a glimmer that followed each destination traveled. A brilliant trail that today I could see drawn as a map of my memory. The one that today goes straight to the closet where a pair of red shoes patiently waits for the moment to walk again.

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Una carta de armor a mis zapatos

Puedo verlos vibrar a través del armario soñando con salir de nuevo. Su rojo intenso brilla y me pide volver a andar.
Me pregunto si pensarán que los he olvidado o me he aburrido de ellos. Que me he ido por un modelo más nuevo y mejor. 

Cómo podrían las armaduras de mi pies tomarse un descanso después de tantas batallas ganadas. Cómo hacerlo después de dejar sus suelas marcadas en los bares y en cada rincón de la ciudad. Cómo hacerlo después de tantas calles transitadas, de meterse en el lodo y lograr salir con gracia. A veces hasta corríamos juntos y se convertían en una segunda piel, suave y firme. Capaz de evitar cualquier dolor o caída. A la hora de volver los acicalaba con esmero y recuperaban su vigor para imaginar juntos nuevos recorridos.

Me río al pensar cómo los miraban, nadie podía escapar a su encanto. La caída de ojos que hacían para verlos mejor, para admirarlos. Pero allí estaban siempre, a mis pies. Llevándome gentilmente a cualquier lado, sin lastimarme, contagiando la energía del rojo de su color.

La línea blanca de sus tacones se trasladaba hacia el suelo, dejando una delgado destello que grababa cada destino transitado. Una estela brillante que podía ver dibujada como un mapa de mi memoria. Esa que hoy llega directo hasta el armario donde un par de zapatos rojos espera pacientemente el momento de caminar de nuevo.


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