It was 30 minutes to 8 PM. It was that precise moment when the world seemed to stop so everyone could perform the same action at the same time. People would soon be glimpsed everywhere on their large terraces, narrow balconies or open windows. They used to be strangers, now part of the new inevitable landscape for 15 minutes a day. There was always the neighbor who played the national anthem religiously and then some popular song. Each one of them seemed to have their ritual to feel a little less lonely.

She used to get ready especially for the occasion. She put on her Nina yellow shoes that reminded her of brighter days, of summer nights recorded in time that seemed to return today to save her. Those memories were her refuge. It was like having her shoes on made her feel able to dance and feel the magic that only can be felt when there is nothing to lose and everything to gain. She dressed up and wore those shoes to feel the sensation of being able to leave whenever she wanted because at any moment they would come to pick her up. It was almost 8 at night, the same as it had been yesterday and it would be tomorrow. She stepped firmly onto the terrace, like someone who goes out at night to check the panorama. She panned all over the place and there she felt this voice. Where did it come from? She didn’t know but it just felt contagious. Other voices slowly started joining one by one and the sound of the choir flooded the air. Without realizing it she started singing too as if everyone who came out that night couldn’t help it. Her feet began to move to the rhythm of that simple song and she saw her shoes dance again. For a tiny moment, she forgot where she was until the alarm finally struck 8 o’clock and the applause began once again. This time she applauded herself.

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Faltaban 30 minutos para las 8 de la noche. Aquel momento preciso donde el mundo parecía pararse para ponerse en sincronía para realizar la misma acción a la vez. En sus grandes terrazas, estrechos balcones o ventanas abiertas pronto se empezarían a vislumbrar personas por doquier. Antes, desconocidos, ahora parte del nuevo paisaje inevitable durante 15 minutos del día. Estaba el vecino que siempre ponía el himno nacional religiosamente y luego alguna canción popular. Cada quien parecía tener su ritual para sentirse un poco menos solo. Ella solía prepararse especialmente para la ocasión, se ponía sus zapatos amarillos que le recordaban a días brillantes, a noches de verano grabadas en el tiempo que hoy volvían para poder salvarla. Haberlas vivido era su refugio. Era ponérselos y poder bailar. Sentir la magia que solo se siente cuando no hay nada que perder y todo para ganar. Se vestía y calzaba para sentir la sensación de poder salir, de que en cualquier momento la pasarían a buscar. Casi llegaban las 8 de la noche como había pasado ayer y también sería mañana. Salió con paso firme a la terraza, como quien sale por la noche para chequear el panorama. Hizo un paneo por todo el lugar y allí sintió su voz. ¿De dónde venía? No lo sabía. Simplemente sentía que contagiaba. Lentamente las voces se fueron sumando una a una y el sonido del coro inundó el aire. Sin darse cuenta empezó a cantar ella también como si todo aquel que saliera no pudiera evitarlo. Sus pies se empezaron a mover al ritmo de aquella canción tan simple y vio a sus zapatos volver a bailar. Por un ínfimo momento olvidó donde estaba, antes de que dieran las 8 y empezaran los aplausos una vez más. Esta vez se aplaudió a sí misma.


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