She used to be so hurried, going from one place to another without even stopping, without even thinking. Her life was one long series of random facts that seemed so important and needed to be done at that exact moment in order to work. She used to carry her big black carryall bag every day to the office so she could take everything and survive what she used to call ordinary days. She also used to carry one snack in case she was hungry, her MetroCard, her keys, her purse. An umbrella in case it rained, her cellphone, and of course, her red lipstick. It was like a magic recipe that made her feel safe. It was that much that she used to double-check her bag every time she left home, waiting for the elevator or on her way to the place she was going to. But sometimes she was in such a hurry that one item was missed and that made all her day change like the world was falling apart. How could she survive without her precious items for one whole day? How could this be possible? Until it simply happened, she couldn’t avoid it, and she had to learn how to improvise. What if she took a different bag? What if she chose another color? What if everything wouldn’t need to be perfect? She was standing by her window watching how her crowded city paralyzed. Everything was silenced, no people in the streets, no rush needed. That was the moment she knew. The day had come to start filling her new bag of everything she really wanted, instead of what she felt she needed. For once in her life, she had plenty of time to do it.

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Solía ​​vivir siempre apurada, yendo de un lugar a otro sin siquiera detenerse, sin siquiera pensar. Su vida era una gran serie de hechos aleatorios que parecían tan urgentes, tan importantes. Cada paso debía ser realizado a la perfección para que funcionara y así ir eliminando tareas sistemáticamente. Llevaba su gran bolso negro todos los días a la oficina para poder cargarlo todo, y así sobrevivir lo que ella hasta el momento conocía como días normales. Acostumbraba ​​llevar un tentempié en caso de tener hambre, su tarjeta del metro, llaves y billetera. Un paraguas por si llovía, su teléfono móvil y, por supuesto, su lápiz labial rojo. Era como una receta mágica que la hacía sentir segura. Solía comprobar aquella lista imaginaria cada vez que salía, palpando el interior de su enorme bolso, esperando el ascensor o de camino al lugar que iba. Pero a veces salía tan apurada, que algo inevitablemente se le olvidaba cambiando radicalmente su día. ¿Cómo podría estar sin sus preciados imprescindibles de su vida cotidiana durante un día entero? ¿Cómo sería capaz de sobrevivir? Esa costumbre cada vez más frecuente de chequearlo todo una y otra vez para tener la inmanejable sensación de tenerlo siempre todo bajo control.
Hasta que simplemente un día sucedió y no lo pudo evitar, tuvo que aprender a improvisar. Todo había cambiado y también así lo harían sus colores y formas; así como un simple cambio de color de bolso. Estaba parada junto a su ventana mirando cómo se detenía su ciudad, una vez colmada de vida, ahora totalmente apagada. Todo estaba en silencio, las calles vacías, sin gente corriendo para llegar puntual a sus citas urgentes. Ese fue el momento en que lo supo. Había llegado el momento de comenzar a llenar su nuevo bolso de todo lo que realmente quería en vez de lo que sentía que necesitaba. Por una vez en su vida, tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo.

Erika Stiglitz, Madrid, 2020


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